www.librevista.com nº 59, julio 2024

Joaquín Torres García, a 150 años de su nacimiento

x Alejandro Michelena

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Joaquín Torres García, en su etapa de madurez, retornado al Rio de la Plata

Luego de cuarenta años de ausencia, formado en Barcelona desde muy joven, y habiendo experimentado el fervor parisién de las novedades artísticas y la vibrante modernidad de Nueva York, con un prestigio sólido y en ascenso, Torres García decide volver al Río de la Plata para crear y predicar en el páramo que era entonces el ambiente cultural montevideano.
Muchos estudiosos del arte latinoamericano se han preguntado por qué, ya afirmado en los centros de irradiación cultural de entonces, realizó un camino tan contracorriente. Y la conclusión a que han llegado sobre este recorrido atípico estudiosos de su obra y pensamiento como Juan Flo, es que su peripecia guarda perfecta armonía con sus ideas en el arte y en la vida. 

 

La escuela del sur

El objetivo mayor de Torres García fue crear, desde estas latitudes, una escuela de arte –a la que denominó Escuela del Sur– para la formación de pintores, dibujantes, escultores, y hasta artesanos, que se alimentaran estéticamente de una síntesis entre los logros del arte universal y las esencias americanas. Y buscó en su propia obra reflejar ese camino, que implicaba despojarse de la idolatría moderna que considera sinónimos lo nuevo y lo original, y que pasaba por recuperar el sentido de lo clásico y también la dimensión profunda de una búsqueda de raíces.

Tal vez sus aspiraciones rozaban lo utópico, por lo que no logró plenamente sus objetivos. No formó de hecho una escuela que resultara, como era su pretensión inicial, el basamento de un “nuevo arte americano”. Y tampoco fundó las bases de tal vertiente con su trabajo pictórico personal.

Sí quedaba en pie –a su muerte– un sólido taller de formación para artistas en manos de un puñado de discípulos tan fieles como talentosos. Y dejaba sobre todo una proteica obra, integrada por cuadros constructivos, pero también por sus elocuentes retratos de hombres célebres, sus ineludibles paisajes urbanos (Barcelona, París, Nueva York, Montevideo) compuestos en esa tonalidad paleta baja que fue otra de sus señas de identidad. Y además sus murales en lugares públicos, como los del Hospital Saint Bois, realizados en colaboración con sus alumnos.

Paris, Manolita Piña, su esposa

Nueva York, Paisajes urbanos

 

Un transgresor en la aldea

En el presente está considerado un maestro indiscutible del arte continental. Y ha quedado en el olvido la desconfianza, la resistencia, y hasta la hostilidad que despertó su accionar y sus ideas en aquel provinciano medio artístico rioplatense del final de los años treinta y comienzos de los cuarenta. Torres García y su taller rompieron con el orden de cosas amable y medido, casi complaciente, que era lo predominante en la vida artística del Uruguay. Por varios años, el movimiento estético generado en torno al maestro fue percibido como un inquietante elefante en el bazar cultural vernáculo.

Debieron transcurrir los años. Y tuvo que surgir una nueva promoción intelectual más lúcida –la de los años cuarenta según algunos analistas, o del 45 según el crítico Ángel Rama–, a la que pertenecen tanto el núcleo de artistas que Torres formó, como también intelectuales que difundieron y defendieron sus ideas, caso de Guido Castillo, e incluso poetas en cuya obra influyeron sus ideas de alguna forma, como el malogrado y talentoso Humberto Megget.

Tuvo que asimilarse un poco la renovación objetiva que inspiró Torres García en el arte latinoamericano para que, en sus años finales, le fuera posible dictar una cátedra sobre “arte constructivo” en la recién creada Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República. Fue también en sus postrimerías cuando comenzó a cosechar reconocimientos críticos, y encontró un público más sensibilizado a sus propuestas.

A tantos años de su alejamiento de este mundo, la Escuela del Sur es uno de los puntales ineludibles –junto al Muralismo Mexicano y el Tropicalísimo brasileño– de esa polifonía con tanta riqueza y matices que es hoy el arte de Latinoamérica.

 

Torres García Pensador

Ocupado en su labor de creación y en su Taller, no aminoró por ello su labor intelectual, iniciada en paralelo a su labor artística. Reflexión y escritura que rondaba lo ensayístico, el tratado de estética, la filosofía, y cuya preocupación constante era relacionar el arte con el pensamiento y con la vida.
Multiplicó además su aporte intelectual a través de la cátedra y el libro –libros, los suyos, que diseñaba él mismo, ilustrándolos con sus dibujos– procurando difundir las ideas del Universalismo y su tan peculiar Americanismo.

En cuanto a su ideología: ésta corría a contrapelo de las líneas más o menos oficiales o aceptables entonces. Su actitud chocaba tanto a los racionalistas liberales deudores del iluminismo dieciochesco, como a los positivistas, y así también al catolicismo dogmático. Aquel geronte apasionado, hablando a los cuatro vientos en lenguaje pitagórico, ofendía por cierto a los marxistas. Desconfiaba de él la derecha cerril, siempre anticultural, pero también el progresismo neo-batllista.
En definitiva: era un cabal convidado de piedra, al que rodeó un núcleo audaz y sensible de la juventud de entonces.

 

Vigencias que permanecen   

Como siempre sucede cuando se trata de una personalidad imponente, de alguien tan seguro de su prédica que no deja lugar a los matices, a la muerte del maestro quedaría una cosecha de fieles seguidores que transformaron en dogma lo que había sido en vida de Torres una incitación al cambio fecundo, el señalamiento de renovados rumbos, el descubrimiento incluso de una mirada artística forjada "desde el Sur". Los mejores talentos del Taller en lo conceptual y lo plástico, hicieron luego sus propios caminos, pero la saludable herejía estético-cultural de los cuarenta fue transformada por el grueso de los discípulos en verdadera iglesia instituida, con su palabra revelada, su moral, sus límites estrictos, sus réprobos, su miedo a la libertad en suma.

Queda la esencia de su pensar, que puede sintetizarse en este párrafo de su lección inaugural en Facultad de Humanidades: “…el futuro arte de América tendría que ser universal: y esto, por razones de tradición (si es que queremos entroncar con la tradición universalista indoamericana) y también porque, los pueblos de América, son formados por todas las razas del mundo. Y, aunque enormemente distanciados del ideal clásico de los humanistas, tal idea, por su universalidad, podría convenirnos perfectamente. Y yo pienso, a veces, que tal tendencia en mí hacia lo universal, no puede serme exclusiva, sino que, por el contrario, debe ser la de muchos individuos de estas tierras del Nuevo Mundo. La difusión, pues, de las ideas universalistas, la creo altamente beneficiosa y adecuada”. Como prueba de que, a pesar de su idealismo su pensamiento anclaba en las circunstancias, podemos reparar en esta afirmación: “Hay que volver al sentido humano normal; y hay que encontrar lo universal en la temporalidad de las cosas entre que vivimos”.

Es obvio que la principal vigencia torresgarciana está en su obra pictórica. No porque sus cuadros se coticen ahora de la manera que lo hacen en el mercado de las subastas de arte, sino porque la mejor crítica y los veedores más profundamente sensibles ya lo consagraron hace tiempo a nivel internacional por sus valores artísticos.║

 

Palabras clave:

Torres Garcia
universalismo constructivo
Alejandro Michelena

 

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